Encuentros con defensores de derechos humanos

Daira Elsa Quiñones Preciado

Lideresa comunitaria, Departamento de Nariño

Retrato: Verónica Giraldo Canal, 2012. 

29 de Mayo 2012

Yo creo que desde niña tuve un afán de la justicia. Cuando yo era chiquita, mi mama me llamaba “abogada” porque siempre me gustaba decir quien tenía la razón. Me sentaba en las piernas de mi abuela y ella me enseñaba muchas cosas: a rezar, a cocinar, la medicina tradicional, y siempre a obrar bien para los otros. Mi papa también era un hombre muy justo y de el aprendí mucho. Cuando llegué a la escuela, era lo mismo y siempre me encargaban de organizar las actividades culturales. Cuando era joven escribía muchas canciones en defensa del agua, de las tierras, de los niños. El día de 1993 que sancionaron la Ley 70 por ejemplo, yo no pude estar presente en esa celebración, pero escribí una canción en su  homenaje. [La Ley 70 reconoce oficialmente las comunidades afro-colombianas y varios de sus derechos, incluso su derecho al territorio y a conformar autoridades locales, llamadas Consejos comunitarios.]


Cuando era niña, vivía en el territorio, mi vereda se llama el Pulgande. Mis padres trabajan en el campo y cada familia tenía su parcela. La vida era llena de posibilidades. A los 14 años, mis padres me enviaron a la ciudad de Pasto y luego a Cali, para estudiar. Allí termine el bachillerato y luego fui a Cali donde estudie mercadotecnia. En Cali, trabajé con un sacerdote Alemán en el centro comunitario del barrio Retiro, donde llegaban familias afrocolombianas desplazadas de sus tierras. Hable con el sacerdote de lo que estaba  pasando en el Pacífico y a él le pareció importante que volviera  a mi pueblo para ayudar a mi gente. Cuando llegué a Tumaco en 1986, muchas cosas habían cambiado. La gente habían perdido su tierra y vivían al lado de la carretera. En nuestras tierras se encontraban cultivos de palma africana. Cuando pregunté a mis padres que había pasado, solo me contestaron que no había nada que hacer.


Un grupo de compañeros y compañeras decidimos empezar un proceso de recuperación de nuestras tierras, basándonos sobre un documento etnohistórico preparado con base en conversatorios con los mayores. Un mayor de 115 anos, Silvestre Ortiz, nos contó como salieron de su condición de esclavitud en Barbacoas, cruzaron las montañas y llegaron en canoa a nuestras tierras de la zona del rio Caunapi en el año 1906. Mucha gente de la comunidad no creían que sería posible porque muchas tierras ya eran tituladas a favor de otros. Nosotros contestábamos que si las tierras habían sido arrebatadas a nuestros mayores, era posible lograr esta recuperación. No lo teníamos claro si lo íbamos a lograr, pero sabíamos que íbamos a luchar por ello.



Así fue que, en 1998, conformamos formalmente el Consejo Comunitario de La Nupa. El proceso había comenzado en el año 1994 con 120 familias quienes querían recuperar sus tierras. Luego se vincularon al proceso muchos más para lograr la titulación colectiva de ocho comunidades de la zona carretera. En el 1996, construimos la primera escuela en la zona. Nosotros apoyábamos la gente que sembraban en sus nuevas parcelas.


Empezó ha haber mucha violencia en la región y al mismo tiempo algunos terratenientes seguían comprando más y más tierra. En 1994, quitaron la base militar de San Jorge porque había demasiado confrontación militar en la zona. Con nuestros compañeros, contamos que más de 2600 personas fueron asesinadas. Un ejemplo de masacre de población fue ordenado por el hijo del dueño de una empresa palmera. Los trabajadores de la palma se habían organizado en un grupo para pedir mejores condiciones, entre otro que no les dieran más el látigo como solía hacerlo el capataz. Entre ellos, habían muchos indígenas Awá de la región. Un día, algunos trabajadores intentaron matar el dueño de la palmera, pero se equivocaron y mataron al administrador de la empresa. El hijo del dueño, en represalia, mandó a matar a muchísima gente de la zona, incluso a trabadores y gente que no tenían nada que ver con eso. Me acuerdo la balacera que se dio en plena calle este día porque yo estaba en una tienda no muy lejos. Desde este tiempo en la zona hay una cantidad impresionante de viudas y aproximadamente el 90% del territorio de La Nupa fue despojado.


En el 1998, iniciaron las amenazas contra nosotros: había ruido que me iban a cortar la lengua y a sacar los ojos, y que nos iban a matar. Cuando nos llegaron las amenazas, decían “Que no jodieramos más por esta tierra” y que en cambio nos pagarían. Nosotros les mandamos a decir que no íbamos a recibir ninguna plata y que seguiríamos en nuestra lucha.


En el 2000, tuve que desplazarme a Tumaco, y luego a Bogotá en el año 2001 para protegerme. Mediante una solicitud coordinada con la Asociación MINGA y el Proceso de Comunidades Negras ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se me otorgó medidas cautelares en el año 2002. La solución del Ministerio del Interior fue poner patrullas en moto cerca a mi casa. Eso no servía para nada, porque al momento que ellos se iban, seguían las amenazas. Hicimos las denuncias en la fiscalía con las placas de los caros que me seguían, pero nada pasó y, por la inseguridad, me quedé un mes y medio en mi casa sin salir. Fue muy difícil, porque no podía hacer nada ni buscar justicia por todo lo que había pasado. De tanta impotencia, dejé de comer, estaba muy mal, completamente bloqueada, mi cuerpo desconectó de mi mente y me enfermé. Por fin una amigo me sacó y me llevó al doctor, y luego otra amiga me ayudó a salir para Estados Unidos. También tomé refugio en Brasil y España en años anteriores, siempre apoyada por amigos y organizaciones de la sociedad civil.


En 2002, asesinaron a mi querido amigo y compadre José Arístides Rivera durante una visita técnica que hicimos en el territorio de La Nupa. Al día siguiente, visité su cadáver en la casa de su madre escondida. Cuando lo trajeron muerto, lo bañaron y le arreglaron la cara, porque su cuerpo había sido muy maltratado por los disparos. Yo vi que había gente fea que me esperaban al frente de la casa y pensé que me iban a matar también, entonces decidí salir por la puerta de atrás en la noche. Agarré José Arístides en mis brazos y le dije “Compa, si logro salir viva de aquí, yo voy a seguir luchando. No voy a quedar callada.” Para mi, eso fue una fuente de fuerza para seguir.


En 2005, aunque no podía retornar a mi tierra, regresé a Bogotá. Me llamaban mis compañeras para contarme como iban los proyectos y sentí la necesidad de seguir con mi grano de arena para que los niños que vi nacer y crecer no fueran vinculados al conflicto. La ciudad no es para mi y siento una necesidad imperiosa de regresar a La Nupa de manera permanente. La primera vez que fui a visitar mi gente era muy emocionante. Después de tantos años, creían que era imposible que yo vuelva. Cuando llegamos, empezaron a gritar “Llegó, llegó!” y todo el mundo se enteró. Llegaron unas 50 personas y me sorprendió de ver a tantos niños. Todos gritaban y fue muy bonito.


Al mismo tiempo, la dificultades empezaron otra vez. Gente influenciados por gente de afuera preguntan: ¿Porque vienen ella? ¿Que tiene que hacer aquí? Siempre he explicado a la gente que eso para mi no es una lucha personal. Es una lucha para la titulación colectiva del territorio donde yo nací y luché, para lo cual me hubieran podido matar y por lo cual me tocó desplazarme. Mi objetivo es que la tierra sea de la gente, y no de los palmeros. Hoy, el gobierno ha incluido La Nupa en el Plan de restitución de tierras. Pero este territorio sigue siendo estratégico para las multinacionales, el Estado y los grupos armado. No será fácil este propósito y por ello se requiere mucho apoyo de organizaciones internacionales de derechos humanos. Lo único que tengo en la cabeza es que yo seguiré hasta donde se pueda.


En 2006, mi mama salió un día a visitar los vecinos y jamás regresó. Mis hermanos la buscaron y por fin la encontraron en el poso que tenía frente a su casa. Su cuerpo era muy atropellado y tenía señales de violación. Yo quise mandar el cadáver para una examinación legal, pero mi familia no quiso por miedo de tener represalias. Algunos pensaban que yo tenía responsabilidad por el trabajo que yo hacía y no querían que yo genere más tragedias. Fue una situación muy dolorosa para mi. También asesinaron a cuchillo a mi hermana mayor Floresta en 2009, quien se quedaba cuidando la casa de mis padres.


El asesinato de mis seres queridos generó para mi mucha impotencia y mucha rabia. Hasta desarrollé un problema en los riñones por tanto sufrimiento. Al mismo tiempo, fortaleció mi deseo de luchar. De ellos encuentro la motivación de seguir mi trabajo y de buscar justicia. En todos mis viajes, la vida me ha dado la oportunidad de encontrar a muchas personas involucradas en bonitos proyectos. Busco personas así porque siento que unidos tenemos mayor fuerza para ayudar los que no saben como cambiar las cosas, que no creen que es posible o que les da miedo hacerlo.


Con los recursos que hay en nuestro mundo, existe la posibilidad para todos de vivir bien y no entiendo como puede haber tanta hambre. Yo creo que la ansia del poder que tienen los que tienen dinero hace que manipulan a los demás para quitarles su tierra y su posibilidad de vivir dignamente. Tal vez este día no estaré, pero yo sueño en un mundo donde se respete la vida en todo su conjunto, y no solamente la vida que tenemos nosotros. Si contaminamos la tierra o el agua, ninguno podrá vivir bien y espero que las próximas generaciones lo podrán entender.

 

 

Caminos de compromiso

© 2013 Christopher Campbell-Duruflé

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